El temple, el abuelo y el capotito
Texto y foto de Mauricio Berho
Hay cosas que no se enseñan. Pasan de una generación a otra casi en silencio, en un gesto, en una mirada, en esa manera de acercarse a la vida que uno aprende sin saber muy bien de quién. Quizá también los sueños se transmitan así.
En esta fotografía, Dámaso González ya no es el torero. No hay toro, ni plaza, ni público. No hay capote ni muleta, ni aquella luz de las tardes en las que el Maestro hacía del tiempo algo eterno. Solo está él y un niño, su nieto, jugando a torear. Dámaso lo mira y en esa mirada hay mucho más que ternura. Hay memoria, reconocimiento y quizá una pregunta que nunca llegaremos a conocer.
El niño todavía no sabe quién es el hombre que tiene delante. No sabe lo que significa su nombre, ni cuánta vida, cuántas tardes de triunfo y otras más amargas se esconden detrás de aquella figura. Para él, aquel capotito es simplemente un juguete. Para Dámaso, quizá sea algo distinto: la imagen de una vida que continúa más allá de la suya, aunque todavía no sepa hacia dónde. Y ahí está el misterio de esta fotografía.
No sabemos qué será de ese niño. No sabemos si algún día volverá a coger un capote de verdad, si la Fiesta formará parte de su vida o si aquel pequeño instante quedará perdido entre tantos otros recuerdos de la infancia. Pero tampoco importa. Porque la verdadera herencia no consiste en que un hijo o un nieto repita nuestros pasos. Consiste, quizá, en dejarle algo de aquello que un día nos hizo vibrar: una memoria, una emoción, una manera de mirar, una pequeña luz que pueda llevar consigo sin saber todavía de dónde viene.
Dámaso fue el Maestro del temple. Quizá por eso conmueve pensar que su última forma de templar no estuviera delante de un toro, sino en aquella mirada tranquila con la que observa a su nieto jugar, sin corregirlo, sin enseñarle nada, sin decirle cómo debe sostener el engaño. Dejándolo ser. Porque tal vez esa sea la forma más hermosa de transmitir: no decirle «hazlo como yo», sino dejarle la libertad de encontrar su propia manera.
Han pasado nueve años desde que Dámaso se fue. Y ahora sabemos, más que nunca, que los hombres grandes pueden partir sin que todo lo que fueron desaparezca con ellos. Quedan sus fotografías. Quedan sus tardes. Queda su nombre. Aunque con él se fue también una de las expresiones más vivas de la tauromaquia. Quedan quienes lo conocieron y quienes todavía lo recuerdan. Y quedan, sobre todo, esos pequeños instantes que quizá entonces no parecían importantes y que el tiempo convierte en memoria.
Como esta imagen. Un abuelo. Un niño. Un capotito entre las manos. Y una mirada que parece contener, en silencio, todo lo que las palabras ya no pueden decir.
Quizá esa sea la última expresión de cómo el Maestro supo templar su existencia: comprender que la vida continúa, que después de nosotros vendrán otros y que nada de lo verdaderamente importante nos pertenece del todo. Solo lo recibimos durante un tiempo. Y después, de alguna manera, lo dejamos en las manos de quienes vienen detrás.
Dámaso se fue hace nueve años. Pero en esta fotografía, por un instante, parece que todavía está transmitiéndonos algo: que hay vidas que terminan, pero hay gestos que permanecen. Y que algunas formas de mirar, cuando llevan dentro toda una vida, también pueden convertirse en herencia.